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Siglo XIX–XX
Tradición Ortodoxa rusa / Monte Athos
Obra principal Siluán del Athos (escrito por el Archimandrita Sofronio)

«Mantén tu mente en el infierno y no desesperes. Esta es la humildad que vence a los demonios y abre el corazón a la gracia.»

Ícono de Siluán del Athos
A.N. Mironov, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons

Siluán del Athos — el campesino que vio a Cristo

San Siluán del Athos (1866–1938), nacido Semión Ivánovich Antónov en una aldea rusa, llegó al Monte Athos a los veintiséis años como monje del monasterio ruso de San Panteleimón. En los primeros meses de su vida monástica tuvo una visión del Cristo Resucitado que transformó radicalmente su ser — visión que pasó el resto de su vida tratando de comprender y de reencontrar.

Siluán era analfabeto cuando llegó al Athos. Aprendió a leer para poder leer los Evangelios. Sus escritos —cuadernos que dejó a su muerte— fueron compilados y comentados por su discípulo, el futuro Archimandrita Sofronio, en el libro Siluán del Athos, una de las obras espirituales más importantes del siglo XX.

Su enseñanza sobre la Oración de Jesús

Para Siluán, la Oración de Jesús no era una técnica sino un grito del alma que reconoce su pobreza radical. La repetición del nombre de Jesús no produce la experiencia de Dios: es el amor por Cristo lo que sostiene la oración, y la oración que procede del amor abre el corazón a la gracia.

«El Señor es humilde de corazón, y por eso ama a los humildes. La oración del humilde penetra los cielos y llega hasta Dios.»

La enseñanza más singular de Siluán es su fórmula de la humildad radical, dada por el Señor mismo en respuesta a su angustia:

«Mantén tu mente en el infierno y no desesperes.»

Esto no es desesperanza sino lo contrario: la aceptación sin ilusiones de la propia miseria, sin la menor pretensión espiritual, como el único suelo sobre el que la gracia puede crecer.

Su vida y sus pruebas

Durante quince años, Siluán vivió en desolación espiritual (tentación de los demonios) sin poder mantener la paz interior que había conocido en la visión inicial. Esta experiencia de abandono lo formó de una manera que ningún éxito espiritual habría podido hacerlo. Aprendió que el amor de Dios no es una posesión sino un don recibido en la pobreza absoluta.

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